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ARISTILLUS

SPEER, O LA INTELIGENCIA PUESTA AL SERVICIO DEL MAL

Ahora que está en las pantallas españolas la película alemana sobre los últimos días de Hitler, parece que se ha creado un debate acerca de la personalidad de Hitler, sus contradicciones y sus supuestos lados positivos. A mí, la verdad, el personaje (si no fuese porque provocó uno de los mayores desastres de la humanidad en un corto espacio de tiempo, no dejaría de ser una nota a pie de página en la historia) me produce indiferencia. Su biografía, si hacemos caso de historiadores como Kershaw, es bastante plana. No deja de ser un vago, un pobre hombre que llena su limitado cerebro con ideas delirantes, un fantoche que por un cúmulo de circunstancias realmente rocambolescas consigue llegar al poder (esto está claramente explicado en el interesante libro de Ashby Turner "A treinta días del poder") y que provoca una de las mayores carnicerías del siglo XX, sólo comparables con los crímenes de Stalin, Pol Pot, Mao y otra serie de supuestos benefactores de la humanidad que para hacernos la vida más agradable, no dudaron en asesinar a millones de personas.
Está claro que Hitler no podía llevar solo una empresa de semejante envergadura. Tuvo gente inteligente que le apoyó. Inteligentes, además de asesinos sin entrañas, me apresuro a escribir: Eichmann, Himmler, Heydrich, Frank, Mengele y otros tantos. En estos casos se trata de personalidades poco complejas. Si no hubiese existido el nazismo, hubiesen ejercido su maldad a pequeña escala; podrían haber hecho daño a muchas personas, pero su círculo de actuación sería reducido. Pero hace poco tuve la oportunidad de leer las memorias del arquitecto de Hitler, Albert Speer, y confieso que me han dejado intrigado.
La pregunta es: ¿en algún momento dado de nuestra vida, podríamos actuar como lo hizo Speer? Se trata de un hombre culto, inteligente, adaptado a la sociedad en que vivía y sin problemas enconómicos; no se trata de un psicópata ni de una personalidad peligrosa, más bien todo lo contrario. Sin embargo, este hombre inteligente y apacible se dejó seducir por la personalidad de un guiñapo como Hitler y con el tiempo llegaría a ser pieza clave de la industría bélica nazi, alargando la guerra de manera innecesaria.

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